lunes, 13 de agosto de 2012

LUZ


Han pasado unos 14.000 años desde que tuviera lugar el diluvio universal, que todas las culturas reflejan en sus libros más antiguos. Qué duda cabe, según todos esos libros, que fue debido a un castigo a la humanidad. De lo que podemos concluir que las civilizaciones anteriores no eran hombres de las cuevas, si no más bien, avanzadas organizaciones culturales y económicas. Cabría aquí mencionar a la Atlántida y a Mu, esos continentes o islas perdidos y referenciados en libros también muy antiguos y en aquellos restos arqueológicos a los que los propios arqueólogos y otros estudiosos no encuentran respuesta alguna. ¿Qué sentido tendría castigar al hombre de las cuevas sin mayor conocimiento que el de encender el fuego? Es muy anterior en el tiempo. 

Posterior a ese cataclismo mundial nacieron también grandes culturas, los sumerios, los egipcios, los griegos, los romanos. Nos van situando sobre el año 9.000 (A.C.) y posteriores, hasta nuestros días. Cualquiera de estas culturas mencionadas cuenta, de igual forma, con elementos que hoy nos cuesta digerir y que siguen sin respuesta alguna por parte de los mejores especialistas. Lo que sí las hace comunes, por que incluso pasan de civilización a civilización, son sus dioses. Aquellos humanos adoraban a infinitos dioses y cada uno de ellos era especialista en tareas determinadas de la vida que regían y enseñaban a estos nuevos seres humanos. Incluso cogían cabreos enormes cuando no eran atendidos como debían y montaban en cólera destruyendo lo que les pillara más cerca.

En el resto del mundo, Asía y América, también pasaba más de lo mismo. El continente americano no queda al margen por estar aislado entre el Atlántico y el Pacífico, pues son innumerables las semejanzas con las culturas ya mencionadas. En América el conocimiento sobre las estrellas y constelaciones era tan amplio que no es posible atribuirlo al desarrollo de sus civilizaciones. Indudablemente era un conocimiento adquirido de otros dioses. El mundo no era tan grande, o por lo menos para unos pocos.

Lo que tenemos claro es que desconocemos cuáles son nuestros verdaderos orígenes. De si el eslabón perdido no es más que la intervención genética de otros seres que llamaron dioses. El origen de todo es fundamental para el posterior conocimiento. Sin origen no hay secuencia. Sin origen es fácil el engaño y la mentira.

A lo largo de estos últimos 14.000 años ha habido un interés primordial en ocultar cosas y hechos con la sola intención del engaño. La continuada manipulación, el ocultar las realidades sólo conducían a una visión errónea para todos del todo y, con ella, a una mejor dominación sobre las masas. La ignorancia y el desconocimiento provocan miedo y el miedo es la mejor arma para mantener todo el poder. Y las guerras. Llevamos 14.000 años de luchas y batallas sin sentido alguno, sin razón alguna, sin justificación válida. Miles de millones de muertos que no tendrían sentido ni razón de no ser meras ofrendas a quienes nos han gobernado y gobiernan en realidad.

Pensemos en Caín y Abel. El primero mató al segundo. El primero era el malo y el segundo el bueno. Fueron los hijos del primer hombre y ya empezaba la guerra que parece eterna. Vence el malo. Unos miles de años más tarde, llega un tal Jesús que representa el bien y ¿qué hacen con él? Lo matan. Salvando las diferencias, que las hay y muchas, y acercándonos más a nuestra historia más reciente, ocurre algo parecido. Todos aquellos que han propugnado el bien han sido, sencillamente, ejecutados, asesinados, muertos.

Quizás el desconocimiento de nuestro origen sea la justificación a tanto disparate. Unos seres, en teoría, Humanos, llevan toda su existencia matándose los unos a los otros. ¿Qué sentido tiene? Ninguna religión, depositarias todas de los mandatos divinos, ha conseguido la paz en este mundo. ¿Por qué? Sea que esos mandatos divinos no sean tan benignos como pretenden hacernos creer, o, sea, que bajo paraguas tan polivalente, nos tienen engañados a todos. Además, las más importantes, por su número de seguidores, siempre están empeñadas en derribar a la otra y cada una de ellas se vende como la única verdadera. Esto de las religiones bien parece un entramado para el desarrollo y mantenimiento del desconocimiento de nuestra verdad como seres casi divinos.

Dicen los expertos que, aquellos que más lo ejercitan, sólo emplean un 10% de la potencialidad de su cerebro. Yo debo de andar por el 0,5%, si llego, y me pregunto de qué seríamos capaces de alcanzar sólo el 50%.

Alguien no está interesado en que lo intentemos. Nos prefiere matándonos y dicen que nuestra energía vital (cuanto más joven, mejor) a ellos les viene de perlas. Son cosas de las dimensiones, que van más allá de la tercera en la que nos mantienen a nosotros. Será.

Pero ocurre que por encima de estos seres malos, hay un orden cósmico que se cumple a rajatabla y según los mayas y otros pueblos antiguos, ya es el Tiempo, que estamos próximos y que seremos espectadores de lo que haya de acontecer. Que su tiempo de maldad y de chuparnos la sangre se acaba.

Digo yo que no estaría mal que así fuera, que ya está bien. Tantos miles de años destrozándonos, no sólo a nosotros si no también a nuestro planeta, no tiene ningún sentido que realmente sea divino. No soy yo nadie para decirle al Verdadero lo que tiene que hacer, pero ¿Es que no está viendo lo que está pasando y hacia donde nos están conduciendo? Y nosotros, los últimos, no queremos nada de eso, que ya estamos cansados de tanto crimen y que sólo queremos vivir en paz y en armonía con nosotros mismos y con esta maravillosa casa que nos dieron. Que ya somos muchos los que hemos despertado de esta pesadilla en la que nos tienen inmersos y que exigimos nuestro derecho a conocer La Verdad y nuestro derecho a una vida digna.

Así que, constatada nuestra impotencia para vencer al mal, vengan los que han de venir e ilumínennos con la Luz más intensa posible para que ni una sola pizca del mal quede sin ser descubierto y sea arrojado al mundo de donde nunca debieron salir. Ésta ha de ser la última gran batalla, el Bien triunfando sobre el mal.

Así lo pido, así lo deseo y así lo espero. 

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