sábado, 20 de febrero de 2016

PORQUE ME ASISTE TODA LA LEGITIMIDAD Y LA NECESIDAD DE DESENMASCAR IMPOSTORES

Hacía tiempo, quizá demasiado, que no escuchaba música como la que escucho ahora: gregoriana y en latín, como Dios manda. Reconforta. Y espero me ayude a deciros cosas que he tenido que reservar muy a mi pesar y que ahora no tiene más sentido seguir ocultando, visto lo visto del proceder de algunas y algunos.

Entended todo cuanto os diga como constructivo, que no otra cosa me asiste. No hay ni revancha ni rencor, solo dolor, desengaño y verdad, para que aquellos que mantienen sus ojos cerrados los abran y vean; y, para aquellos que solo han prestado oídos a una parte, sepan que siempre es bueno contrastar. Dudo que solo unas páginas puedan contar todo, así, si el ánimo me lo pide, os continuaré contando, que para mucho hay y dispongo de tiempo. Os ruego, previamente, disculpas por ello.

Aquellos que me conocéis sabéis de lo ocurrido y los que no, os diré que he sido cesado en mi trabajo. Para obtenerlo no tuve que hacer oposición alguna, entiendo que fue como reconocimiento al trabajado realizado durante varios años; infinidad de artículos y encuentros con compañeros, conocidos y amigos. Buscar a las personas adecuadas para revertir un proceso que duraba 20 años en los que unos señores de un partido político contrario habían convertido un término municipal en su cortijo y feudo para el propio interés y el de sus amiguetes. Se sumaron más compañeros a la causa y una fémina dio pasos para convertirse en la líder de esa transformación, primero en el cambio de la dirección de nuestro partido y, más tarde, en lo que fuera menester. Hubo que convencer a muchos de su idoneidad y aquí he de hacer un acto de contrición y con el gregoriano de fondo que me acompaña, entonar un “Mea culpa” y pedir disculpas a cuantos pude hacer variar en sus criterios y opiniones iniciales. Me equivoqué, fue un espejismo, y donde quisimos ver un líder, no lo había. La persona en la que depositamos nuestra confianza nos engañó, y el tiempo está demostrando que ni está preparada ni sus cualidades son las más adecuadas para dignificar la política. A mí también me alcanzó su embaucamiento, recuerdo que en más de una ocasión me dijo “Que no me quedara con su lado malo”. Por eso, más de una vez, comprendí y perdoné sus salidas de tono y contradicciones, ¡Qué iba a hacer! Quizá mi situación actual no sea más que el pago de ese error que, por otro lado, asumo con toda humildad. En mi vida siempre he procurado no poner en juego ni mi dignidad ni mi credibilidad y siempre he luchado por cumplir con unos principios básicos de moralidad y ética,  mucha decencia en mis acciones para que, jamás, pudieran perjudicar a aquellos que no lo merecieran. También por eso, quizás, en estos días he tenido tantas muestras de cariño y aliento de aquellos que bien me conocen y que tanto agradezco y tanto me reconfortan y reafirman en mi proceder.

Nunca he sido desleal a mi partido, tampoco he cuestionado la autoridad de sus líderes, pero en este caso, he de decir que estamos ante un fraude, una estafa a las ideas socialistas, os lo puedo asegurar. Hay quien se  sirve de ellas para el engaño, la treta y la artimaña propias de una mente maquiavélica, movida únicamente por desmesuradas ambiciones personales de poder y grandeza. Y digo maquiavélica por no deciros enferma. Los que sepáis leer entre líneas coincidiréis conmigo en el diagnóstico, es certero, desgraciadamente.

Son tantos los atributos negativos como la prepotencia exhibida ante aquellos que no elevamos la voz ni montamos escándalos, ni tergiversamos el orden de las cosas, ni llenamos a nadie –que no lo merezca y en su ausencia- con falsas injurias y oscuras intenciones. Recurrir a esto para ocultar las propias incapacidades dice poco de la catadura moral y ética de quien lo practica.

Gracias a los síntomas que toda enfermedad conlleva, entendemos qué se está incubando o qué mal anida en nuestro organismo. Ver fantasmas y misterios donde nunca los hubo es el reflejo de miedos y temores a ser descubiertos. Contradecir es cavar tu tumba y yo la cavé, porque no tuve miedo en decirlo y hacerlo cuando fue necesario –siempre con buena intención y en lo que yo creía era mi deber- Nunca he sido plañidero ni palmero de nadie, como mucho he guardado silencio, mientras otros, cobardemente, reían gracias y obedecían sin rechistar, no fuera a ser que perdieran el favor. Complejos escondidos; mucha sinvergonzonería y mucho engaño definen un carácter y son sus fieles aliados. Lo triste es que hay personas que no hablan, GRITAN, para procurar de antemano, el apabullamiento o aplacamiento del receptor. No tienen sosiego alguno, no lo quieren, no le fuesen a salir los fantasmas de su guarida. No comen, ni duermen, chatear es una obsesión y las redes su refugio para ocultar una hiperactividad desenfrenada e innecesaria, que imposibilita el buen hacer. Siempre en vela. Chantajeando, amedrentando, el tiempo necesario hasta conseguir su objetivo, suponga lo que suponga a los demás, nada  importa más allá de su personal objetivo, que no es otro que el de ellos mismos como centro de toda acción. Mala gente. Muy mala gente y más en política.

Estos, estas, son las que hacen de la política lo más abyecto y, por ello, vil y despreciable. Y aquellos que tanto les vitorean no hacen favor alguno sino todo lo contrario. Estoy convencido que aquel montaje de acercamiento a las fuerzas progresistas de la izquierda de quien presume de ejercer la nueva política no fue más que una cortina de humo para llegar a quien hoy es la máxima persona de su confianza, nueva política con viejos vicios. Intentando la usurpación de cargos que todavía no tocan, prisas y carreras para todo, aún a costa de destrozar la vida y el ánimo de quienes generosamente hemos ofrecido lo mejor de nosotros mismos. ¡Esos aires de grandeza!, esas decepciones de quien menos lo esperaba y consideraba amigos y personas íntegras. ¡Cuán bajo se puede llegar! Algunos practicando la traición con aquellos que le siguieron, con la pérdida total de la credibilidad política que aún quedaba.

Me he permitido ir un poco más lejos. Como la Historia de nuestra Humanidad es tan rica, encontramos en ella ejemplos para centrarnos en algunos predominantes síntomas que hoy nos ocupan y viene al caso el mito de Narciso:

 “El mito de Narciso es el amor a la imagen de sí mismo. El narcisismo es el amor que dirige el sujeto a sí mismo tomado como objeto.” (Si alguien se considera un objeto, qué respeto puede tener hacia los demás, incluidas aquellas personas que lo único que han pretendido es ayudar. Siempre perfectas y muy bien conjuntadas, tratamientos con oro incluido, manicuras y pedicuras, peluquerías a doquier, vestidos y zapatos… ¡Viva la juerga! Y que paguen los cartageneros –a través del sueldo público- y el complemento perfecto: “Dónde está el coche oficial, ese no, el otro, el bueno”. Toda una imagen artificial de una estética forzada que tan solo pretende posicionarse por encima del resto, además de la falta de respeto y consideración con toda ostentación de aquello que aún no corresponde).

“Como una forma patológica extrema en algunos desórdenes de la personalidad en los que el paciente sobrestima sus habilidades y tiene una necesidad excesiva de admiración y afirmación” (Hay quienes se disfrazaron en la pasada cabalgata de Reyes –donde buscando la excusa de una carroza para que desfilaran niños y niñas con discapacidad, hicieron uso de un aforo para catorce niños donde sólo salieron dos o tres discapacitados. El resto, el personaje en todo lo alto rodeada de los hijos de allegados y amigos más fieles- Una idea que pudiera ser positiva convertida, una vez más, en autobombo y autopropaganda con una arrogancia más que despreciable. ¡Qué vergüenza!).

“Estos desórdenes pueden presentarse en un grado tal, que se ve severamente comprometida la habilidad de la persona para vivir una vida feliz o buena, al manifestarse dichos rasgos en la forma de egoísmo agudo y desconsideración hacia las necesidades y sentimientos ajenos” Abuso indiscriminado de la disposición total del personal a las horas y días más intempestivas –imposibilitando la conciliación laboral y familiar y de descanso que tan necesarios son y de los que se alardea solo de boquilla- Recuerdo dos ocasiones en las que los trabajadores –que no compañeros- éramos recriminados sobre cuándo pensábamos llegar  al puesto de trabajo, era festivo) Otro desatino en la larga lista. Jamás una conversación sosegada y calmada es posible con estos enfermos, las rehúyen. No quieren ser descubiertos en sus infinitas carencias. Necesitan del jaleo, de broncas y conflictos para que su hiperactividad se refuerce y retroalimente. Todo ha de estar bajo su más estricto control e intentar, con ello, disipar sus propias inseguridades que, por otro lado, no hace más que trasladar a los demás, creando en ellos todos los desconciertos posibles. Es difícil, casi imposible trabajar así. Nadie quiere tenerlos cerca y les huyen, solo lo justo. ¡Aviso a navegantes! Carencias que van desde el desconocimiento de la más básica cultura, nada más allá del trapicheo político.  Ya me dirán qué se puede esperar de tal engendro.

“La psicología humanista considera que el narcisismo patológico coincide con una autoestima baja o errónea”.
En el mito del joven Narciso todo es producto de una alteración subjetiva y mental del propio sujeto y de su enfermedad  pues se enamoró insaciablemente de su propia imagen reflejada en el agua. (Esa agua, hoy son las redes sociales, una verdadera obsesión compulsiva de colgar fotos y fotos –la mayoría prescindibles e intrascendentes- para mayor glorificación de ese NPD (Trastorno narcisista de la personalidad) Y en todas las fotos sonrisas, muchas sonrisas que parecen implantes quirúrgicos. Nada es natural, solo un producto de un laboratorio mediocre. Una exacerbada exaltación de su persona, de una patología sin tratar. De una vida sin vivir, que pretende trasladar al resto, arruinando también las suyas.

Así que amigos, muchas veces es mejor ir a un buen especialista médico que meterse a hacer política y recurrir a la humildad de lo que realmente se es. Menos sinvergonzonería, engaño, soberbia, prepotencia, teatro y apariencia porque, con el paso del tiempo, iremos viendo en qué queda la cosa. Y me temo que no será para bueno…

Yo no quiero que gentes así, sin categoría humana alguna y con patologías graves, tengan la capacidad de dirigir la política de ciudadanos normales, sanos e inocentes. Y mucho menos desde el partido en el que milito más de 30 años y que representa las ideas en las que he creído, creo y seguiré creyendo.

Advertidos quedan y aquellos que quieran ver y entender, vean y entiendan.


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