lunes, 22 de noviembre de 2010

SIMBIOSIS

El mundo se haya ante uno de los mayores retos de los últimos siglos. Desenmascarar la Mentira.

Durante las últimas décadas, en las que la humanidad ha crecido a niveles exponenciales, nunca antes vistos, nadie supo ver más allá de 50 años. O, si los hubo, poco caso se les hizo. De nada han servido los avances en la comunicación, en la medicina, en la alimentación y en los tecnológicos.

Y haya sido, quizás, por que nuestro crecimiento, nuestro desarrollo como personas, como seres humanos, no iban a la par o, simplemente, por que a otros no les interesaba que lo fueran.

La educación, siempre en los límites de lo más corto, dejaba y deja que desear. Todo de acuerdo con lo previamente establecido. Nada que objetar, nada que preguntar. Manteniendo lo ancestral (previamente convenido) cuando la inmensidad de lo nuevo ya nos parecía llegar. Sin entender nuestros pasados y los de otros antes, nos han abocado a la carrera de lo inmediato. Ni ayer, ni mañana, sólo hoy. Parece que esa fue y es la consigna.

Hoy, cuando ya estamos cansados de tanto correr sin sentido, de tanto correr sólo para lograr la subsistencia, nos dicen que paremos. Nos hacen parar en seco. Sin más. Y lo hacen privándonos de lo básico. Aunque, como siempre, sólo es a nosotros, a la base de la pirámide.

Hoy ya son otros a los que han puesto a correr con el mismo bozal, les salen más baratos. Y a nosotros que, ya nos han robado descaradamente y están liquidando nuestra amortización, nuestra riqueza, sólo nos queda contemplar cómo vamos cayendo, los más débiles primero y, los que se pensaban a salvo, después. Nadie se librará. Tanto desatino, tanto desafuero no pueden quedar indemnes aunque seamos, los de siempre, los que lo paguemos.

Esos que han empezado a correr no quieren parar y nos necesitan para tomar velocidad en su carrera. Pero no saben que, más pronto que tarde, ya no nos quedará nada con lo que poder comprar su producción. Estos nuevos productores que han llegado a las mieles del consumismo están ansiosos. Han de saber que también, junto a ellos, poseen los mismos depredadores. Son los mismos éstos que aquellos.

Esos depredadores liberales y neoliberales nos están robando los restos de nuestra riqueza y andan como las hienas y los buitres carroñeros de lo ajeno buscando nuevas gentes a los que expoliar.

A esos buitres sólo les interesa el beneficio. El beneficio que ellos obtienen. Son muy grandes estos buitres y tienen enormes alas que les permiten levantar el vuelo cuando lo consideran oportuno y sin más. Cuando, en los restos de su banquete, ya no quedan siquiera despojos de su avaricia, elevan el vuelo y buscan a su nueva presa.

Que los que queden limpien, si pueden, tanta miseria. Allá se las apañen. Sólo si hay guerra volveremos a verlos, tendrán más carnaza y ante ella no se pueden resistir. Volverán.

Irlanda no ha podido resistir a pesar de sus intentos, ya era tarde para hacerlo, y ha caído como antes lo hizo Grecia. Ahora van a por Portugal y después irán contra España. Y nos intentan acallar con sentencias que no se sostienen. España es otra cosa, España es tan grande que no cabe su caída, etc., etc.. ¿Tan tontos somos? Caerá hasta Alemania, sino, tiempo al tiempo. y no será mucho… Y mientras todo va ocurriendo, esos mercaderes, nos arrebatan más y más de nuestro dinero sin que nadie ponga freno al monstruo. Al contrario, todavía quedan muchos que los defienden. Esas derechas decimonónicas que se dejan comprar por 30 monedas.

Hace dos años largos que empezó la bacanal de los mercados. ¿Mercados? Pero quiénes son los mercados, pregunto. Nadie responde. Si los mercados son entes abstractos, por qué tienen la consideración de reales. Si los mercados somos nosotros, por qué no somos sus dueños. Si los mercados nos dirigen, por qué no están sujetos a las leyes como cualquiera de nosotros. Si los mercados son la causa de tanta miseria en el mundo, por qué no acabamos con ellos. Si los mercados son la causa de tanta corrupción y especulación, qué hacemos permitiéndolos. Si los mercados son como aquellos del Templo por qué no los echamos.

Si estas son las consecuencias de estas políticas liberales y neoliberales, por qué las apoyamos, acabemos con ellas, parece lo sensato y coherente. Y quizás así nos dignifiquemos como seres humanos.

Cuando veo al Papa nombrando a nuevos cardenales se me cae el alma al suelo. Estos son los descendientes de aquel que los expulsó –a los mercaderes- del Templo... Estos vestidos de sedas, descalzados de las sandalias del pescador, amarillos de oro por doquier, riqueza, riqueza y más riqueza. Son ellos los purpurados, los blasfemos, los hipócritas de la fe. Ellos, los del Dios te lo pague. Como si Dios tuviera monedas o dámelas a mí y El te lo dará en hijos. Los de mantener al rebaño recogido, controlado y sumiso para que los mercaderes sigan esquilmando, que no esquilando, a las ovejitas. Así mantienen sus privilegios a nuestra costa y a la de los que, a diferencia de ellos, practican su fe tal y como la enseñó aquel que hicieron y llamaron el Cristo. Éstos que conformaron un Estado como cualquier otro (cuando les conviene), éstos que teniendo Estado no pertenecen, siquiera, a la Organización de Naciones Unidas, y sea, quizás, para no tener que firmar la Declaración Universal de los Derechos del Hombre. Sea porque no los reconozcan como derechos del hombre y éste no tenga más derecho que el de ser ovejita del rebaño…

Tanto nos inocularon, en estos últimos siglos, de resignación y paciencia que ni levantarnos podemos. Ni alzar nuestra queja. Tanto es el miedo y la sumisión inyectada en nuestros subconscientes. Y, cuando los tiempos sean de zozobra premeditada, volverán calladitos y cabizbajos a llenar nuestros templos en buscan del consuelo y del asentimiento incondicional. Mientras la hipocresía sea tanta...

Carlos Marx ya lo dijo, las religiones son el opio del pueblo. Y así es. El opio produce efectos de secuestrar el ánimo y los sentidos, creando irrealidades, alucinaciones, etc. Todo aquello que evite el desarrollo del conocimiento en toda su amplitud. Todo aquello que nos haga lo más imbéciles posible. Ya saben aquello de que el tuerto en el país de los ciegos es el que más ve. Siempre anduvieron buscando nuestra ignorancia, la ignorancia que a ellos hacía más poderosos.

Por eso ante tanta injusticia me revelo. Ante tantos atropellos efectuados por las religiones antes y ahora, me sublevo, se me sale la rabia de la impotencia. Dejen ya, de tanto tutelar nuestra educación y nuestro conocimiento. Permitan que conozcamos las verdades que nos mantienen ocultas. Ya está bien.

Acabemos con las oligarquías que prefieren seguir y seguir con sus beneficios, con sus atropellos a la humanidad. Otro mundo es posible. Tenemos que exigirlo, tenemos derecho a una vida digna aquí y en La Cochinchina.

Y desoyendo a tanto predicador de alineamiento incondicional conseguiremos ser nosotros. Hombres y mujeres LIBRES. Será una forma de acabar con tanto mercader de lo ajeno.

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